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Leo es un signo de fuego, cálido y generoso, noble y afectivo, que lleva a sus nativos y a los que tienen este signo destacado a expresarse con una total autoconfianza en sí mismos y a vivir de una forma pasional y emotiva. Leo busca siempre la admiración y el reconocimiento, sentirse el centro de cualquier situación para expresar su creatividad.
En Leo se viven todas las experiencias de una forma dramática y teatral, como si se quisiera dar a conocer el esplendor máximo de la naturaleza humana. Esto lleva a enamorarse y a apasionarse, a sentirse orgulloso de uno mismo.
Leo es el signo del sol, la estrella alrededor de la cual giran todos los planetas. Es el punto álgido del verano, el de máximo calor, el momento de maduración de la vegetación, el esplendor dorado de la tierra. Leo es el fuego con toda su fuerza, la belleza de la llama.
La energía que surge en el hombre al saberse seguro de si mismo es la esencia de Leo.
En Cáncer uno se pregunta emocionalmente cual es el origen y en Leo ese origen está bien claro, uno sabe que es hijo de Dios. Es con esa claridad, que se ha encontrado bajando a los abismos emocionales, que uno puede expresarse y ser, sin miedos ni comparaciones.
Leo es la conciencia de centro, como el sol en el sistema solar, como el corazón en nuestro organismo. Siempre se ha relacionado el corazón con el amor y es en Leo donde se viven las pasiones con toda su fuerza, es el enamoramiento que nos transporta a un estado en el que tocamos el cielo, el éxtasis amoroso que todas las relaciones suelen tener en sus inicios. El enamoramiento es algo necesario en el ser humano, ya sea hacia otra persona, hacia un ideal o hacia el mismo Dios como los místicos, ya que ese estado nos da la certeza, la comprensión de la esencia de la vida. Sin esa experiencia uno se vuelve sombrío y gris, sin corazón. Y el enamoramiento comporta siempre una decepción o engaño, es la traición necesaria para que uno ponga los pies en el suelo y acepte el compromiso de vivir. En Virgo y especialmente en Libra y Escorpión veremos el trabajo de aceptación y conciencia del otro con todas las dificultades que comporta la relación, pero aquí el tema es el amor, el estado de locura divina con el que iniciamos nuevamente, ahora con más conciencia, el viaje heroico. Hasta aquí, en los signos anteriores, uno necesitaba hacerse hombre, encarnarse, ahora el reto es ser digno de ser hijo de Dios.